¿Cuál es la cantidad correcta de terapias?

 

Es un tema controversial y que, de algún modo, también tiene relación con los duelos de los padres, con nuestras características, edades, necesidades y posibilidades.

Hay padres que viven con la angustia económica constante de no contar con los recursos suficientes para pagar las terapias de sus hijos. Pero también existe el extremo contrario: situaciones en las que el exceso de terapias puede terminar provocando, a largo plazo, un enorme desgaste físico y emocional.

Yo no pretendo entregar una verdad absoluta sobre este tema. Solo quiero compartir mi experiencia, y ustedes verán cómo hacerla trascender o relacionarla con sus propias vidas.

Cuando tenía 3 años comenzaron mis terapias. No eran demasiadas en un principio: aproximadamente dos o tres veces al mes.

Recuerdo que muchas veces me hacían dibujar y después me preguntaban cosas sobre mis dibujos. También me mostraban manchas, realizaba “juegos” del tipo Raven, pruebas estilo Sally y Ann, entre otras evaluaciones.

Pero lo que más recuerdo no son las pruebas.

Recuerdo la angustia de separarme de mi mamá y sentarme frente a un desconocido que no sonreía y me observaba constantemente. No saber qué pensaba ni qué sentía esa persona me producía muchos nervios.

Esto ocurría alrededor del año 1989. En Chile incluso era permitido fumar dentro de la consulta médica. Uno de los psiquiatras que me atendió durante años en el Hospital Naval fumaba mientras me evaluaba y, según recuerdo, lanzaba el humo directamente hacia mi cara.

Quizás por eso hasta el día de hoy tengo una enorme aversión al humo del cigarro. Mi mamá cuenta que ese médico terminaba un cigarro y, utilizando el mismo, encendía inmediatamente el siguiente.

Desde esa edad también comencé a asistir a neurólogos y psicólogos.

Muchas veces recuerdo que las preguntas estaban dirigidas principalmente hacia mi mamá y no hacia mí. Ella también tenía muchas preguntas para los profesionales, pero no siempre encontraba respuestas. Algunas eran vagas y otras simplemente no existían.

Incluso recuerdo una ocasión en que mi mamá terminó discutiendo con una psicóloga y me sacó muy enojada de la consulta.

Con el tiempo entré a la escuela y mis dificultades en habilidades sociales comenzaron a hacerse mucho más evidentes. Mi mamá empezó a angustiarse al verme tan sola en lugares donde, supuestamente, yo debería estar socializando.

Entonces comenzaron a aumentar las terapias.

Llegué a tener dos sesiones semanales, además de exámenes médicos, análisis de sangre y orina, resonancias magnéticas sin anestesia —todavía recuerdo el ruido intenso de la máquina sobre mi cabeza— y electroencefalogramas.

En una ocasión incluso tuve que permanecer toda una noche sin dormir porque, al tener además epilepsia rolándica, los médicos necesitaban observar cómo ésta afectaba mi sueño.

También tenía dificultades relacionadas con los gérmenes. Como parte de las terapias, me hacían colocar el dedo sobre mermelada mientras yo lloraba porque no quería hacerlo.

Mi mamá, después de años de terapias y de gastar una enorme cantidad de recursos buscando una solución para mí, comenzó a darse cuenta de que esa niña no “progresaba” de la manera que esperaba.

Seguía siendo la misma.

Seguía teniendo dificultades.

Seguía siendo, de alguna forma, “un problema”.

Eso la angustiaba, la enojaba y la decepcionaba.

Y cuando comenzó mi adolescencia, tanto ella como yo estábamos agotadas.

A todo esto se sumaba que desde los 8 años tomaba Risperidona, Fluoxetina y Ravotril, en dosis altas tanto por la mañana como por la noche.

Los medicamentos me hacían babear y quedarme dormida en el colegio. Es cierto que con el tiempo el cuerpo puede acostumbrarse, pero durante mucho tiempo me sentí como un zombie.

Sin sentimientos.

Sin pasiones.

No me sentía yo.

Entonces aparece una pregunta inevitable:

¿Me sirvieron las terapias?

Claro que sí.

Después de haber pasado por más de una docena de psicólogos, hoy soy una persona extremadamente analítica respecto de lo que ocurre a mi alrededor y también de lo que sucede dentro de mi propia consciencia.

La terapia de shock me ayudó a tocar manillas, meter el dedo en la mermelada sin problemas, pisar líneas aunque parecieran sucias e incluso tolerar cierto nivel de desorden, aunque todavía pueda resultarme contraproducente.

Los fármacos también me ayudaron durante etapas de mucha impulsividad en la adolescencia y parte de mi adultez, especialmente porque muchas de esas dificultades, al principio, podían responder más a un componente químico que a una falta de autocontrol.

Sin embargo, cuando miro hacia atrás, lo que más permanece en mis recuerdos no son esos avances.

Son los miedos.

Los nervios.

La angustia.

El sentirme una niña negativamente diferente.

El sentir que era un problema, tanto económica como emocionalmente, simplemente porque no lograba encajar socialmente.

Y entonces aparecen otras preguntas.

¿Realmente era yo quien no lograba adaptarse?

¿O era la sociedad la que no conseguía aceptarme tal cual era?

Quizás parte de mi impulsividad y de mi agresividad hacia el mundo también nacían de esa sensación constante de segregación.

De sentir que había algo equivocado en mí.

Y, al final, muchas veces la respuesta volvía a ser la misma: más terapias o más fármacos.

¿Era esa realmente la única solución?

No tengo todas las respuestas.

Pero sí creo que vale la pena detenerse a analizarlo.

Analizarlo todo.

Así como durante tantos años se me ha pedido analizar mi propia vida, quizás en ese mismo ejercicio podamos encontrar más de una respuesta a estas preguntas.

PD: Sé que algunas personas pueden tener fobia a los ratones y les pido disculpas por las imágenes. Sin embargo, quizás esas fotografías también permitan comprender, aunque sea por un momento, lo angustioso que puede resultar que alguien te exponga repetidamente a algo que no quieres enfrentar.

     

    




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