La vida laboral de una persona con Síndrome de Asperger

    

La vida laboral puede ser maravillosa y/o difícil, independientemente de poseer un diagnóstico. Sin embargo, dependiendo de las oportunidades que tengamos y de nuestras propias características, podemos encontrarnos con distintas barreras, pero también con muchas posibilidades.

Quiero contarles algunas de mis experiencias laborales. No solo para mostrar cómo me ha ido en diferentes rubros, sino también para motivar y dar esperanza: mientras una persona se lo proponga y tenga la oportunidad, puede llegar a encontrar un trabajo, independientemente de la etiqueta que la acompañe.

Hace 14 años tuve mi primer trabajo, cuando tenía 16 años.

Debía ser promotora part time de tarjetas de crédito y, la verdad, cuando apareció la oportunidad tenía muchísimo miedo. Nunca había utilizado una tarjeta y ni siquiera entendía bien cómo funcionaban. Además, el solo hecho de tener que acercarme a personas desconocidas me daba temor, así que antes de comenzar ya no quería hacerlo.

Pero llegó el día.

Como es habitual en mí, llegué media hora antes de lo presupuestado. Eso me recuerda que, cuando era niña, el primer día de clases podía estar lista a las cinco de la mañana, sentada en la cama, esperando la hora de salir al colegio. Y considerando que pasé por ocho colegios distintos, créanme que tuve bastantes primeros días de clases.

Volviendo al trabajo: lo único que debía hacer era estar de pie, sonreír y acercarme a las personas.

Las horas pasaban lentamente.

No hacía demasiado, pero para mí no era nada sencillo acercarme a un desconocido y repetir un discurso aprendido sobre algo que ni siquiera sabía si era verdad.

Al final vendí unas ocho tarjetas, así que admito que nunca he sido especialmente buena persuadiendo a los demás.

A los 18 años trabajé como vendedora full time en una tienda. Vendíamos todo tipo de cachivaches: aros, anillos, accesorios para el cabello y miles de productos más, en uno de esos lugares que se llenan tanto que las personas tienen que sacar número para ser atendidas.

Ahí no había tiempo para pensar ni para sentirse nerviosa.

Terminaba cansada, pero los días se me hacían muy cortos. Apenas me daba cuenta y ya era hora de cerrar.

Mi jefa quería que continuara trabajando de manera indefinida, pero yo me iba de la Región de Magallanes a la Región de Valparaíso.

Nuevos tiempos y nuevos trabajos venían por delante.

A los 19 años regresé a Magallanes pensando que ya tenía un trabajo seguro, pero al llegar descubrí que me habían mentido y que, en realidad, no tenía nada.

Sin un lugar estable donde vivir, a las seis de la mañana me puse en una fila, en plena nieve y frío, afuera de una fábrica pesquera, donde faenaban erizos.

Como necesitaban personal, me contrataron ese mismo día para trabajar en el pesaje de productos.

Entraba a las siete de la mañana y podía terminar a las dos de la mañana del día siguiente: 19 horas seguidas de trabajo, de pie, con solo 45 minutos para sentarme durante el almuerzo.

Teníamos prohibido sentarnos.

La fábrica estaba compuesta por grandes contenedores y algunos sectores alcanzaban temperaturas de hasta -26 °C. Trabajaba con guantes de lana y, encima de ellos, guantes de vinilo, pero aun así el frío dolía.

Recuerdo que, cuando lloraba, los mocos se me congelaban y tenía que pestañear constantemente para evitar que se congelara la humedad sobre los ojos.

Éramos cientos de personas trabajando en el interior, pero la mayor parte del tiempo solo se escuchaba el ruido de las máquinas, porque casi todos permanecíamos en silencio.

También era común llorar o ver a otras personas llorando.

La mascarilla, de alguna manera, te entregaba cierta intimidad para hacerlo sin que nadie lo notara demasiado.

Recuerdo a un compañero de trabajo de 19 años que comenzó a llorar al lado mío.

Le pregunté por qué y me contó que tenía dos hijos, que no solo trabajaba en esa fábrica, sino también en otra donde faenaban cerdos, y que aun así el dinero no le alcanzaba debido a las deudas.

Lloraba de cansancio y porque no sabía qué hacer.

Otra señora me dijo una vez que yo era inteligente, que no me perdiera, que estudiara, que no terminara viviendo una vida así porque era triste.

Y al mirar los rostros de muchas de las personas que trabajaban allí, de alguna manera entendía lo que quería decir.

Finalmente tuve que dejar el trabajo porque me dañé un brazo por sobreexigirlo.

Cuando me contrataron me dijeron que las personas que habían ocupado mi puesto anteriormente no duraban más de un mes. La anterior había permanecido solo dos días.

Y, de alguna manera, me hacían sentir que yo era genial por haber resistido tanto.

Hoy me arrepiento de haber aguantado tanto.

Espero que, después de todos estos años, esa empresa trabaje de una manera diferente.

Después de aquella experiencia cruda, pero muy real, vi en el diario un aviso de trabajo para Torres del Paine.

Debía presentarme formalmente a la entrevista, pero con suerte tenía calzones, así que fui a una feria local y compré ropa y zapatos usados.

Debo admitir que me quedaban grandes, pero cumplían perfectamente su función.

Cuando llegué a la entrevista vi que había otras personas esperando y me puse todavía más nerviosa.

Entré a la oficina de quien sería mi futuro jefe y, para mi sorpresa, comenzó a hablarme en inglés.

Yo comprendía inglés, pero nunca había tenido realmente la oportunidad de hablarlo, así que estar en esa situación fue muy angustiante.

Intenté expresarme, pero parecía un robot tratando desesperadamente de hablar con fluidez.

Al final me dijo que mi inglés era pésimo.

Pero también me dijo que me daría una oportunidad.

Iba a trabajar como telefonista.

Cuando llegué al lugar me entregaron ropa de trabajo nueva. Dormía en una cabaña donde teníamos que cortar leña con un hacha. Era una cabaña para 16 trabajadores, aunque al principio solo éramos tres.

Mi oficina era enorme y tenía un ventanal con una de las mejores vistas que podía imaginar.

La comida era rica y variaba todos los días.

Mi día favorito era el día de los pasteles.

Después de venir de una fábrica donde me sentía sobreexplotada, aquel lugar parecía el paraíso en la Tierra.

Pero había un pequeño detalle:

Yo iba a trabajar como telefonista.

Y si usar un teléfono incluso en mi propia casa me provocaba nervios —recién a los 18 años había utilizado por primera vez un teléfono público—, imaginarme atendiendo llamadas todo el día me generaba una angustia enorme.

Las primeras veces que contesté fue como si estuviera hablando escondida dentro de un armario mientras unos ladrones esperaban afuera.

Mi jefe se dio cuenta y decidió ayudarme.

Comenzó a llamarme de mentira para que practicara con él.

Poco a poco fui perdiendo la timidez.

Con el tiempo podía atender incluso a personas que hablaban inglés, portugués, italiano, coreano, japonés y otros idiomas.

También aprendí a mantener la calma frente a situaciones de emergencia.

Todo eso fue posible gracias a un jefe y a compañeros que me ayudaron a crecer profesionalmente, en vez de simplemente juzgarme por aquello que me costaba.


Trabajo en Torres del Paine

 

Pero yo quería estudiar, así que finalmente decidí volver a Valparaíso en busca de esa oportunidad.

Mientras estudiaba trabajé en telemarketing.

Pero, como ya dije, no soy especialmente buena persuadiendo, así que ese fue el único trabajo del cual me pidieron que me fuera.

O sea, me despidieron.

Pero suena bastante más bonito decirlo de la otra forma.

También trabajé en el área de reclamos de una compañía telefónica que atendía clientes de España.

Ahí me trataron de muchas maneras:

“¡Muérete, sudaca!”

“¡Vamos a ver!”

“¡Por la coña que te parió!”

Y varias otras expresiones igual de cariñosas.

La verdad es que podía atender bastante bien, pero el sistema computacional era tan mediocre y lento que los datos de una persona podían quedarse pegados durante minutos en la pantalla sin que uno pudiera hacer absolutamente nada.

También estaban aquellos clientes que hacían caso a anuncios del tipo:

“¡Suscríbete con tu número XXXX y recibirás el horóscopo todos los días!”

Y después les llegaban cuentas de diez mil euros y pico.

Obviamente, la culpa terminaba siendo de quien contestaba el teléfono.

Si quieres recibir todos los males y la mala vibra del mundo, ese trabajo es ideal para ti.

También trabajé contabilizando productos durante las noches en supermercados, y terminaba con las manos completamente llenas de polvo.

Estuve de vendedora en una tienda de comida dentro de un mall, donde, por más que limpiaras, todo terminaba lleno de baratas y bichos. Al parecer son una plaga bastante común en ese tipo de lugares.

También trabajé como seguridad en eventos masivos: conciertos, carreras de autos y carreras de caballos.

Con mis 1,54 metros de altura probablemente no asustaba demasiado a nadie.

Era algo así como un chihuahua gritón.

Lo bueno es que nunca me pasaron a llevar y, cuando aparecía algún ebrio demasiado entusiasta, primero lo hacía intentar caminar en línea recta antes de que quisiera enfrentarse conmigo.

Y finalmente llegamos a mi trabajo en escuelas y dentro del ámbito educativo.

Toda aquella experiencia anterior me sirvió muchísimo.

Me ayudó a relacionarme con personas muy distintas, a comprender que cada uno carga con una historia que muchas veces desconocemos y, sobre todo, a entender que cada uno de mis estudiantes también posee su propia realidad y que ésta debe ser respetada.

Hoy, a mis 30 años, siento que tengo mucha más tolerancia hacia las personas.

Y probablemente sé mejor que muchos neurotípicos cómo debería ser una buena atención al público —porque hoy en día, seamos sinceros, muchas veces es bastante mediocre—.

También aprendí sobre responsabilidad, puntualidad, esfuerzo y adaptación.

Pero todavía me queda muchísimo por aprender.

Queda camino por recorrer y, espero, muchas oportunidades más.

Por último, quiero decir algo que considero importante:

Que un diagnóstico no te limite.

No tiene por qué convertirse necesariamente en una barrera, sino que también puede ser una vía para comprender mejor qué cosas se adaptan a nuestras características y cuáles probablemente no.

Quizás la venta nunca fue lo mío.

Pero sí soy buena para otras cosas.

Y creo que justamente de eso se trata: de encontrar nuestro propio horizonte.

 

     

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