Mi forma de ver el mundo: Niñez.


Un padre de un niño con autismo me dio una muy buena idea: intentar expresar de qué manera he percibido el mundo a lo largo de mi vida.

Y aunque todavía existe discusión entre especialistas respecto de la relación entre autismo y Asperger, pienso que mi experiencia puede aportar algo de información.

Pero después empecé a preguntarme:

¿Cómo percibo realmente el mundo?

¿Qué hay de diferente en mi forma de percibirlo?

Y la verdad es que no lo sé.

Para mí, mi manera de percibir siempre ha sido normal, porque es la única que conozco. No puedo saber con certeza si está bien o mal, si es igual o distinta a la de otras personas.

Por eso, y con la intención de que mi experiencia quizás pueda ayudar a otros, decidí contar cómo he percibido el mundo durante tres etapas de mi vida:

Niñez, adolescencia y adultez.

Hoy comenzaré por la niñez.

Cuando era niña era muy observadora.

Como me molestaba mucho todo lo que consideraba sucio, necesitaba fijarme constantemente en los detalles de mi entorno.

No recuerdo demasiadas cosas de esa etapa, pero sí hay algo que odiaba profundamente cuando estaba en el colegio:

la hora de recreo.

No porque mis compañeros me molestaran.

No porque no quisiera estar con ellos.

Sino porque simplemente no sabía cómo incorporarme a sus juegos.

Era como si necesitara que alguien me empujara y me dijera exactamente cómo entrar, qué hacer o en qué momento participar.

Pero todo aquello me causaba tanto nerviosismo que muchas veces prefería pasar el recreo sola o esconderme dentro de la sala hasta que todos volvieran a clases.

Recuerdo, por ejemplo, que en tercero básico, cuando tenía aproximadamente 8 años, no tenía amigos en el colegio y solía quedarme dentro de la sala durante los recreos.

En esa época llegué a sentir rabia contra mis compañeros, como si ellos tuvieran la culpa de que yo estuviera sola.

Así que un día hice algo bastante particular.

Cambié los lápices y las gomas de borrar de todos mis compañeros.

Cuando volvieron a clases y abrieron sus estuches, cada uno tenía lápices que pertenecían a otras personas.

La profesora se enojó muchísimo y comenzó a buscar al culpable uno por uno.

De mí nunca sospechó.

XD.

Más adelante, cuando tenía 9 años, tuve una amiga llamada Marcela.

Ella iba constantemente a mi casa, pero, como a la mayoría de los niños, le gustaba salir a jugar afuera.

Yo, en cambio, prefería jugar dentro de mi casa.

Por eso no siempre nos llevábamos perfectamente bien.

Aun así, con todas mis mañas, fue mi mejor amiga desde los 9 hasta los 11 años.

Tampoco me gustaba hacer ejercicio.

Odiaba correr porque, a pesar de ser delgada, bastaban unos pocos metros para que comenzara a dolerme muchísimo la diáfisis de la tibia —la parte media de uno de los huesos que une la rodilla con el pie—.

Los profesores se enojaban conmigo y me decían que era floja.

También tenía muchas dificultades con la comida.

No me gustaban demasiados alimentos y comía muy poco.

En cambio, me encantaban los pasteles y los dulces —eso no ha cambiado mucho hasta hoy—, además de la leche y la fruta.

Y, por ahora, eso es todo lo que logro recordar de mi niñez.

Pronto escribiré sobre la adolescencia.

Ese sí será bastante más extenso.

Saludos a todos.


3 comentarios:

  1. Gracias por compartir tu niñes va a ayudar a muchos padres a comprender a sus hijos, besitos

    ResponderEliminar
  2. HALLO MUCHA SIMILITUD ENTRE TU NIÑEZ Y LA MIA, SPERO PRONTO LEER, SOBRE TU ADOLESCENCIA.

    ResponderEliminar
  3. Me encanto tu relato, nos ayuda a entender a nuestros hijos. GRACIAS!!!..

    ResponderEliminar

Este es un espacio de conversación y aprendizaje. Las opiniones diferentes son bienvenidas mientras se expresen con respeto.